Miedo. Demasiado miedo. Llevamos más de dos años con miedo, rodeados de miedo, impulsados al miedo, rodeados por el miedo. Como si se tratara de una particular y colectiva película de terror. Miedo al virus, al contagio, a las vacunas, a las no vacunas, a las variantes, a los rebrotes, a no poder respirar, a morirnos…Pero ahí no queda la cosa. Hay mucho más: miedo al cambio climático, algunos lo cuentan como si se tratara de «la hora final», de algo que está a la vuelta de la esquina, miedo ahora al Gran Apagón, al desabastecimiento, a la subida, al parecer, imparable de los precios, la Naturaleza sublevada, la pasada Filomena, el volcán sin dejar de echar lava…¿ Hay quién de más en dos años? Demasiado, demasiado para nuestros cuerpos y sobre todo,  para nuestras mentes. ¡Y si al menos, la convivencia social fuera pacífica, una balsa!, pero tampoco. Y la  intuición, esa terrible intuición  de que algo  se cuece a nuestras espaldas,  de que algo no nos cuentan o no del todo y que no es, precisamente, esperanzador. Es como si estuviéramos en guerra, pero sin estarlo. ¿ O también?