La agresión al espectador.

Secuenciación de una supuesta representación teatral

Primero fue la provocación, epatar al burgués, echarle de los teatros;
luego, la participación: el público tenía que participar, intervenir en cualquier
hecho artístico, en este caso el hecho teatral, para rematar o completar la falta
de concreción, la improvisación más o menos creativa, y en muchos casos, la
tomadura de pelo. Y por si esto fuera poco, ahora, se le agrede. Sobre esto ya
apunté algo en mi anterior comentario sobre Los males del teatro, pero ahora
no tengo más remedio que insistir, al relatar lo que viví días pasados en una
sala de las llamadas “alternativas”. Por cierto, alternativas, ¿de qué? ¿A qué?…
¿El teatro tiene alguna otra alternativa que no sea teatro? ¿ Es éste de la
alternativa más teatro que el de las salas que no lo son?¿ Menos?…
¿Diferente?… A la larga, me temo, sólo existen dos tipos de teatro, el bueno y
el malo, el que es y el que no es, independientemente de donde se haga, y de
cual sea la titularidad de la sala. Todos los caminos llevan a Roma y lo demás,
ganas de marear la perdiz.

Antes de entrar, y para que nos fuéramos preparando, ya nos
obsequiaron con un cuarto de hora de retraso, a pie tieso por más señas. Una
vez dentro, al fondo de un escenario vacío, estaban, a la manera de solemne
tribunal, tres señores, casi iguales los tres, vestidos de negro, sentados, muy
estáticos, frente al espectador, ante una mesa alargada cubierta con tapete
igualmente negro, donde estaban los mandos para el espectáculo de imagen y
sonido, de eso que íbamos a andar tan sobrados. Empecé a temerme lo peor.

Y empezó el primer asalto:

El escenario empezó a llenarse de imágenes de la Segunda Guerra
Mundial y concretamente, me pareció, no se veían bien al estar proyectadas en
el suelo y no frontalmente, de las campañas ruso-alemanas; pero todo ello de
manera confusa, formando continuos remolinos, mientras la música empezaba
a deleitarnos a decibelios.

Cuando los ojos nos hacían chiribitas de tanto bombardeo visual, el
actor, un muchacho joven, vestido también de negro, saltó al escenario, se
colocó sobre las imágenes que, como confusa y mareante alfombra, se
revolvían por el suelo, cogió un micrófono de pie, y al más puro estilo de un
cantante de rock, empezó a gritar, sí, a gritar, acto ampliado adecuadamente
por el micrófono, el monólogo que ingenuamente pretendíamos oír, lo cual
resultaba bastante imposible en aquella confusión de música, es un decir, y
profusión de imágenes con que se nos bombardeaba de manera imparable.
Empezaba a sentirme como en la inicial vorágine de una montaña rusa, pero
todavía no había llegado lo peor. Todavía, todavía, podíamos escuchar algo,
discernir algunas partes, sacar alguna que otra conclusión, hacernos un poco a
la idea de qué iba el asunto. Todavía, existía esperanza de asistir a una
representación, aunque fuera sesgada y no demasiado ortodoxa; y cuando digo
ortodoxa no me refiero a tradicional o a convencional, sino a que en ésta, no se
interfiera o dificulte demasiado lo que el autor ha pretendido transmitir. Pero
esto que parece tan lógico y simple, a veces, como en este caso, no resulta
factible. O a lo mejor era eso.
Al cabo de un rato, de crecientes excesos acústico-visuales, el actor
hizo una pausa, se retiró al fondo, y las imágenes pararon. El silencio se hizo,
¡oh milagro!, y con él, el reposo, por un breve, brevísimo tiempo. Pensé
entonces, equivocadamente por supuesto, fruto quizás de ese alivio
momentáneo, que, a partir de ahí veríamos algo, que lo anteriormente sufrido
no fuera quizás más que un prólogo, una especie de pre-calentamiento, de
introducción más o menos estruendosa, y que la representación como tal,
empezaría después. Nuevo error y nueva esperanza fallida.


Segundo asalto:
Tras el paréntesis, el actor regresó con renovadas energías, y con él
toda la parafernalia de ruidos posibles e insoportables, hasta tal punto que no
tuve más remedio que taparme los oídos: el actor ya no chillaba, sino que
atronaba, y todos aquellos impactantes decibelios, chocaban contra las
paredes de la pequeña sala haciéndolas vibrar, retumbando en mi pobre
estómago, mientras los ojos se perdían entre el torbellino de la proyección,
cada vez más rápido e intenso. El texto, imposible seguirlo; saltaba hecho
astillas. Y lo más curioso es que ya no me importaba, tan noqueada me
sentía. Pero la agresión visual-acústica no había hecho más que empezar:


Tercer asalto:
De pronto, sin saber por qué, sin comerlo ni beberlo, las luces del
escenario se volvieron directa y violentamente hacia nosotros ¡ pobres
espectadores!, deslumbrándonos como si fuéramos víctimas de un cruel
interrogatorio. ¡ Por eso, por eso, sin duda estaban aquellos chicos al fondo
con aires de tribunal! ¿Qué mal habríamos cometido? La sensación era tan
desagradable, tan sumamente incómoda, que tuve que coger mi chaqueta y
colocármela delante de los ojos; pero surgía un problema: si me tapaba los
ojos, no podía taparme los oídos, de manera que unos u otros tenían que
soportar el injusto castigo. Así, torturados sin culpa, (tal vez la única fuera
haber ido o la de ser inocentes al pensar que podríamos ver algo interesante),
permanecimos con los focos ante los ojos, cegados, sin poder ver nada, sin
asimilar nada, un buen rato, con nuestros sentidos martirizados como en los
infiernos del Bosco. Finalmente, todo llega en este mundo, aquellos focos
cesaron de torturarnos, y de nuevo, ¡ oh, maravilla!, se hizo un corte en la
acción, y pudimos, después de la paliza, descansar un rato. El actor, por su
parte, se marchó al fondo del escenario, se enjuagó la boca y escupió al más
puro estilo “ring” Pero, bueno, esto no es nada: he visto vomitar, sí, sí, vomitar
en escena, y esparcir sobre el proscenio un pobre cadáver de pollo empapado
en agua sucia y alguna que otra lindeza… En estos tiempos teatrales una ve
muchas cosas. Acostumbrarse, lo que se dice acostumbrarse, eso ya es otra
cosa.
Tras el breve, brevísimo interregno, o es así como me pareció,
entramos en el cuarto asalto que la verdad, fue bastante más llevadero, bien
porque lo fuera o porque ya estuviéramos curados de espanto. El actor empezó
a desnudarse, no sabemos por qué, ya digo que esta bastante de moda eso de
desnudarse, sobre todo ellos, aunque casi nunca responda a nada, (pero al
menos resultaba bastante más liviano que el hostigamiento anterior), y se
quedó en slips, negros también. Así, de esa guisa, tumbado sobre las ráfagas
visuales que disparaban imágenes de presidentes norteamericanos, Stalin, el
Papa, muchedumbres y escenas bélicas en un totum revolutum, lo de siempre
que quieren concienciarnos, el actor empezó a soltar incoherencias que en
nada parecían tener que ver con lo poco oído anteriormente, de manera que
no sabíamos si el monólogo continuaba o era otra cosa, o no era nada,
simplemente, incoherencias y frases sueltas, como por ejemplo la perla de
que si a la salida del teatro nos saltábamos un semáforo en rojo le haría muy
feliz. Yo no sé si le haría feliz o no, pero la verdad es que cuando por fin me vi
libre, en plena calle, con la cabeza como un bombo y los ojos enrojecidos,
todavía me molestaron al día siguiente, estaba para cualquier cosa; lo del
semáforo en rojo, una niñería.
Por cierto, sobre el texto que se supone representaban, no puedo
pronunciarme. Con todo estos excesos acústicos-visuales apenas me enteré;
es más, me encontraba tan K.O., tan fuera de combate, que me desinteresé del
asunto. Lo que de veras deseaba, era salir de allí. No sé si eso en realidad es
lo que se pretende: que el espectador se olvide de lo que se supone va a ver,
para ver otra cosa. Menos, por supuesto, el texto de un autor: el autor es algo
obsoleto que es preciso liquidar, o al menos, minimizar hasta hacerlo
inexistente. Quizás en eso consista la alternativa.
Resumiendo: una hora aproximadamente de tortura, aunque el
espectáculo se pretendiera pacifista. Precio, 12 euros. No está mal. Ah, y por
supuesto, la agresión, subvencionada. Si no lo fuera, quizás, posiblemente,
seguro, no se atreverían a tanto. Ni a tan poco.


Carmen Resino

DE LO QUE AHORA LLAMAMOS DRAMATURGIA … y otras
confusiones

Que el teatro vive un cierto desprestigio o una situación digamos
“delicada”, nadie lo duda. Le han salido a este hermoso y antiguo
género serios competidores que están en la mente de todos; pero
contra lo que pudiera parecer, no son ni el cine ni la televisión los más
acendrados enemigos del arte escénico, aunque sí, aparentemente, los
más próximos. Al teatro, a mi entender, lo he dicho ya en más de una
ocasión, le han torpedeado, le están torpedeando, desde dentro, con
auténtica alevosía además, con insistente e incomprensible encono al
intentar hacer de él otra cosa de lo que es. El teatro, arte milenario,
tiene las reglas de su propia dinámica, de su propia esencia, y si esa
esencia se desvirtúa, corre el peligro de una mutación ni deseable ni
lograda.
El cine, al igual que la fotografía respecto a la pintura, ha
trastocado en infinitos casos la esencia de lo teatral: ¿ para qué sirve el
teatro si una película puede plasmar de manera más compleja y
completa una serie de mundos y comportamientos? Y este impacto de
lo cinematográfico, ha dislocado y descolocado la delicada trabazón
del arte escénico.

Una representación teatral es algo muy complejo y muy simple a la
vez: el teatro, aunque ahora se empeñen en lo contrario, no precisa
de complicadas tecnologías. Es un arte de dentro a afuera y no al
revés: un arte compuesto de un texto, unos actores y poco más.
Hasta, si me apuran, se puede prescindir de decorado. Si los actores
hacen la representación creíble, el espectador se olvida de todo lo
demás. Así pues, el fenómeno del teatro obedece a un mecanismo
grandioso pero sencillo, y estos mecanismos, precisamente por su
sencillez y sutilidad, son fáciles de romper. Y equivocadamente, a mi
juicio, se ha intentado traspasar al teatro en absurdo mimetismo, la
esencia del cine, los mecanismos propios de un mundo de imágenes.
Siguiendo este nuevo planteamiento, se intenta que el espectador se
interese más POR LO QUE VA AVER QUE POR LO QUE VA A
ESCUCHAR Y A ENTENDER, y esto es atacar y romper la esencia
misma del género. Muchos directores, demasiados, han colaborado
en esta mixtificación, emulando sin duda la capacidad de autoría del
director cinematográfico, sin darse cuenta de que el director de teatro
es otra cosa, debe ser otra cosa, algo así como la segunda piel de un
texto. Para conseguir ese protagonismo casi autoral y ese mimetismo
seudocinematográfico, han convertido la puesta en escena en el
auténtico y único objetivo del montaje, enmascarando demasiadas
veces el mensaje textual del autor, y creando serios desajustes entre
texto y representación.


Sin embargo, con ser grave, ahí no para la cosa. Las audacias
y confusiones sobre lo que debe ser el teatro, se incrementan con la
llegada de un nuevo personaje al que se denomina “dramaturgo” o
dramaturgista, y que por supuesto no es el autor, ( por lo general, ni
siquiera escribe teatro), sino quien se encarga de confeccionar la
“dramaturgia” de un texto.¡ Dramaturgia de un texto!¿ Es que puede
haber algún texto teatral que no tenga dramaturgia?¿ No es la
dramaturgia algo inherente y propio a todo texto dramatico y de ahí
el nombre de dramaturgo a quien los escribe?¿ Por qué inventar otra
nueva y confusa función?¿ No les bastaba ya con los directoresautores-arregladores-versionadores?…¿Es que de verdad alguien cree
que se puede escribir teatro sin hacer dramaturgia y nada más que
dramaturgia?¿ Es que los santones de la cultura están dispuestos a
desposeer al autor teatral de todas sus auténticas y propias funciones?


Todo texto dramático, tiene implícita su dramaturgia creada
por su autor en los giros, en el ritmo, las pautas, los diálogos, las
acotaciones…Todo, todo eso es dramaturgia, ¿ o qué es? ¿ Cómo se
come, sino? La dramaturgia en un texto es lo que el color a la forma
y por tanto huelga un segundo planteamiento del dramaturgista o
dramaturgo foráneo. Lo que hoy se viene llamando dramaturgia o
dramaturgo en un programa teatral es el “tour de force”, el golpe de
gracia para acabar con el prestigio y la labor del autor y un peligroso
acecho a todo texto dramático. ¿ De veras es necesaria esa función, o
es simplemente una forma de engordar, complicar y encarecer los
repartos? Porque los dramaturgistas o dramaturgos, generalmente, no
escriben teatro. Pero cobran. ¿ De veras se necesita tanto elenco para
levantar un telón?
Al teatro le sobran cosas, excesos, complicaciones,
burocratización, y sobre todo, intermediarios. El excesivo coste de
las producciones por el incremento de elementos innecesarios, y
sobre todo el desprestigio del autor del que en cierta manera somos
culpables por hacer respecto a nuestra función demasiadas
concesiones, lo que casi nos ha llevado a una verdadera suplantación,
y extinción, son varias de las cosas que han puesto al teatro contra
las cuerdas. La confusión es mala para cualquier cosa y también para
el teatro. Santones de la pedantería, reiventando generalmente en su
provecho lo que debe ser el teatro, han dejado su amargo fruto y
alejado a un público fiel del patio de butacas. Pedantería y ¡ cómo
no! frivolidad, han hecho su agosto en esta labor del
desmantelamiento de las esencias teatrales y del alejamiento del
público.

Confusión, frivolidad, pedantería…
Será muy difícil recomponer lo roto.

Carmen Resino

En: La fiera literaria. Febrero 2007. Págs. 17,18.

PEQUEÑO TEATRO

       No, no me estoy refiriendo a una sala, compañía o productora, ni
aquel teatrito de la calle Magallanes, número 4, creo recordar, en el que
pudimos ver cosas admirables y que nos marcaron el gusto por el género,
sino de “pequeño teatro”, haciendo referencia a la desafortunada política
teatral ( estoy básicamente de acuerdo con el artículo del señor Anson del
mes de septiembre, en el que hacía mención a este problema), que bascula
entre el amiguismo, la parcelación y los pequeños y vulgares alcances. Se
está abogando por un teatro pequeñito, de proyección limitada, sin médula,
sin nervio, de pobrísima técnica y nula “carpinteria”, reducido, en muchos
casos, a simples diálogos, de pobreza y vulgaridad de léxico, de nulo
pensamiento y casi nulos objetivos, y que hay que subsanar con
complicados y carísimos montajes para hacer ver que hay algo. ¿ Y eso por
qué? Pues porque se está abogando por un teatro local, completamente
circunstancial, de andar por casa, en el que el Ministerio de Cultura ya no
es norte ni referencia sino los entes autonómicos, dirigidos más a potenciar
un teatro taifal, a premiar al autor doméstico, aunque sea mediocre o
decididamente malo, antes que al autor de valía si es que éste es de otro
lugar. Entre un buen autor castellano y un mal autor andaluz, el
departamento de Cultura de la Junta de Andalucía o el ayuntamiento X de
dicha autonomía, por poner un ejemplo, se decantarán por el andaluz, y
viceversa. Publicaciones, premios, ayudas, becas, representaciones, se
orientan básicamente o en muy gran medida por criterios locales. El poder
cultural no está ya en el Ministerio de Cultura. Este ministerio ya está
dinamitado, vacío de contenido. El autor, los autores ya apenas si acuden a
él: buscan la autonomía que les ampare. Ya no se va a buscar a los mejores
autores nacionales: la partitocracia, hunde la excelencia. Estamos en el
terreno del clientelismo político y de la cultura de aldea: hemos retrocedido
al medioevo taifal. En gran parte los autores hemos perdido el carácter
nacional: ya somos autores de Madrid, Andalucía, Castilla la Mancha,
Baleares, extremeños… Todo, por tanto, publicaciones, representaciones, y
salas, giran en torno a lo autonómico. Ya hay muchos concursos a los que
sólo se puede uno presentar si eres de determinado sitio. ¡Qué pobreza! Y
no digamos nada cuando una autonomía más hábil y más dinámica, se
come parte del presupuesto general, o cuando, como en el caso de
Valencia-Cataluña se lucha por el imperialismo o la independencia en
materia lingüística. Es difícil para un autor, actualmente, publicar o
representar fuera de su comunidad, y casi imposible llevar sus obras a
Cataluña o al País Vasco. Así, mirando el terruño y con una perspectiva tan
cercana, no se puede hacer política teatral ni política alguna. Cuando prima
lo local, lo autonómico sobre cualquier otra consideración, lo propio sobre
lo universal y colectivo, no se puede hacer nada de interés. Tampoco teatro.
El teatro es un gran escenario para el mundo, un gran balcón abierto a todas
las perspectivas y todos los horizontes, y ese es el teatro que pervive y
queda. Los grandes dramaturgos y creadores en general, no han escrito para
sus paisanos sino para la humanidad, aunque el idioma sea una barrera
bastante condicionante. Pero el teatro se venga y ese teatro que no aporta
más que lo meramente coyuntural y episódico, que apenas si alberga
sustancia, envejece más rápidamente, no hay género que envejezca más
que el teatro, y a la larga y a la corta no es patrimonio de nadie ni de nada.
El arte es algo que se caracteriza por romper las barreras del tiempo y el
espacio. Poner límites y parcelaciones locales a un arte tan universal como
el teatro, es ponerle la soga al cuello al autor y al teatro mismo.
Y como ejemplo de lo que digo, ahí tenemos el montaje, bastante estimable
por cierto, de Así es ( si así os parece) de Pirandello que se puede ver
hasta el 23 de diciembre en el Teatro Valle Inclán de Madrid. Pirandello
está ahí, por encima de su tiempo físico, y de su Italia natal. Sí, porque muy
poco importa de dónde sea el autor, y menos, que además de italiano, sea
de Sicilia, y dentro de Sicilia de la hermosa localidad de Agrigento. Esto es
puro episodio. Lo importante es la palabra de Pirandello, viva y
permanente todavía; esa palabra y esa enjundia que sobrepasan los límites
de su tiempo y de su espacio.


Y por ese camino deberíamos de ir. Pero no vamos. ¡Lástima!


Carmen Resino


En: la fiera literaria. Enero 2007,pçags.13 y16

        El teatro está enfermo, casi en estado crítico, y esta situación no
proviene de elementos extraños como algunos aseguran: cine, televisión,
fútbol… No; no nos engañemos: los enemigos del teatro están dentro,
torpedeándole a corta distancia, y el origen de casi todos sus males radica
en el nefasto y absurdo papanatismo que lleva a primar, por encima de
cualquier otra consideración, ante todo hay que ser original y epatante, el
montaje en detrimento del autor y del texto.
Ahora, tras variadas y numerosas agresiones, le ha tocado el turno a ese
horror tan de moda, (seguro que es carísimo, a los muy modernos les encanta
lo carísimo, cuanto más presupuesto mejor), de las pantallas cubriendo casi
todo el espacio escénico, con lo cual distancian absurda e
incomprensiblemente al espectador de lo que ocurre en el escenario y de la
labor de los actores, los cuales, parecen insectos o indefensos murciélagos
atrapados en sus enormes telas de araña. Si a esto se añade toda la
parafernalia de los efectos especiales con que ahora se nos regala, vídeos
plagados de imágenes confusas, gratuitamente violentas las más de las veces,
con insistente presencia de desnudos masculinos, los femeninos se llevan
menos, y que poco o nada tienen que ver en muchos casos con lo que allí se
representa, acompañados con proliferación de ruidos estruendosos, gritos
frecuentes y sin venir a cuento, destellos luminosos que nos ciegan, mientras
que en otros momentos la representación transcurre prácticamente a oscuras,
¡otra obsesión: la de no iluminar el escenario!, y otras genialidades parecidas,
resulta que la labor actoral fundamental en todo teatro que se precie, queda
evanescente cuando no perdida, y el texto, si lo hay, en la inconexión más total.
Y yo me pregunto: si salimos del espectáculo sin haber visto ni entendido nada
de lo que, se supone, deberíamos ver y entender, ¿ por qué de esto? ¿ A qué
viene?… ¿ Quién o quienes están empeñados en estos descoyuntamientos
sistemáticos, o es que lo que se pretende con ellos sea tapar, camuflar con el
mayor derroche de medios posibles, la inanidad de unos textos?… Porque de
eso se trata en bastantes casos: mucho ruido y pocas nueces.
Vistas así las cosas, el espectador me parece demasiado paciente, tan
excesivamente tolerante, que, diría, en algunos casos roza el masoquismo,
porque pese a todo ello, a quedarse in albis por y a causa de todas estas
ultimísimas demostraciones, y encima sordo y casi ciego, no se mueve de la
butaca y aguanta hasta el final sin salirse, y lo que es más asombroso: no
protesta; incluso, aunque tímidamente, muy tímidamente, con la boca chica,
llega a decir que le gusta, que no está mal. ¡ Cualquiera les lleva la contraria a
los pontífices de la cultura! Y eso que paga. Para colmo, dos veces: primero,
en taquilla; después, como todas estas maravillas suelen estar
subvencionadas, en la declaración de la renta.

Carmen Resino

En : La fiera literaria. Abril,2006, pág 26

He señalado algunos males del teatro, y más especialmente el
desprestigio del autor, porque conlleva el del texto y el texto no es
algo accidental, algo que se añade y que está allí por casualidad o por
accidente; el texto es el centro, lo esencial, la armazón, el esqueleto y
los cimientos del teatro, y todo lo que se haga en contra de él
repercute en la esencia misma del género. Las producciones
colectivas, la desacralización del texto están muy bien como
experiencia, algunas muy estimables, pero no como teoría y mucho
menos como dogma. Estoy, lo siento, por los nombres propios,
siempre lo estuve. El arte no es colectivo ni colectivista. El arte es el
resultado de un proceso las más de las veces individual, y ese proceso
es algo personal e intransferible; por eso me molestan tanto todo eso
que se mueve alrededor de todo espectáculo y que termina por
desnaturalizar o suplantar la obra creadora y al creador mismo, hasta
el punto que muchas veces ni siquiera su nombre aparece en los
programas o hay que buscarlo con lupa como si su trabajo fuera el de
uno más.
Pero esto no sucede por casualidad: en todo este asunto hay algo
perverso: se desprestigia al autor o se le considera circunstancial o
inane no porque lo sea, sino para que otros ocupen su lugar. Y yo
pregunto, ¿ no hay una propiedad intelectual?
¿ No es acaso ésta más propiedad que ninguna otra?,
¿Es que la vamos a dejar abierta a los okupas?
Tal vez; últimamente hay mucha gente que les apoya.

Pero dejemos eso. No quiero insistir más. He citado algunos males, a
mí al menos me lo parecen, para otros, sin duda, serán logros, como la
disgregación autonómica, la invasión excesiva y muchas veces
inadecuada de las nuevas tecnologías, el exceso de versiones y no de
adaptaciones (no es lo mismo: se parecen, pero no; adaptar es
actualizar; versionar, en este caso concreto, es lo más parecido a
visualizar, mirar de otra forma, a través de otro, revisar, cuestionar…),
y podría añadir otros, como la proliferación de talleres de escritura
dramática ( con éstos, salvo raras excepciones, que las hay, el error, la
ineptitud se multiplica, se expande…¿ Acaso se puede trasmitir la
acción creativa?…¿ Quién o quienes pueden estar tan seguros de su
maestría como para trasmitirla?¿ Dónde se dan, ya que se imparten
clases, que por supuesto se cobran, los debidos diplomas o certificados
que nos acrediten para las mismas?), los ghettos o las cuotas en
función del sexo, que pese a su apariencia, son lo más antifeminista y
antiigualitario que hay…pero creo que continuar insistiendo, a no ser
que aparezca algún elemento nuevo y claramente llamativo, que
posiblemente saldrá, es inútil.
En realidad, todos los males del teatro, y de cualquier hecho artístico,
se resumen en uno; ni siquiera en dos, como los Mandamientos:
estamos en el final de una era y hemos empezado otra, posiblemente
una nueva edad media en la que lo colectivo se impone. Hemos
terminado, de momento, con todos los Renacimientos posibles,
creadores y creativos, y lo peor es que esta nueva edad media,
tecnológicamente muy avanzada y llena de bienestar, eso dicen, no le
llega en tensión espiritual a la otra. El teatro es una reflejo de la
sociedad; siempre lo fue, y si hoy el teatro ha perdido su norte, su creatividad y hasta su razón de ser y nos parece vulgar y zafio es
porque a la sociedad le está pasando lo mismo; de ahí, que todas las
manifestaciones artísticas se resientan: han dejado de ser arte para ser
consumo. Con sinceridad: ¿ se publicaría hoy El Quijote, la Montaña
Mágica o la Regenta, por citar tres obras admirables? Me temo que
no: no estarían “ en línea editorial”. Hoy, se lleva otra cosa. Y en
música, ¡no digamos! ¿ Dónde están Brel, Becaud, Piaf, por poner
también tres ejemplos? Es como si la armonía se hubiera roto.
Así pues y vistas las cosas, dejemos de quejarnos. No sirve para nada
o para muy poco. Aceptemos que estamos en una era, a la que
posiblemente no pertenezcamos aunque tengamos que sufrirla,
tecnológica y asilvestrada. Los nuevos bárbaros irrumpen con fuerza,
nos reclaman, nos desplazan e imponen sus gustos. Habrá, por tanto
que dejar pasar la marea, esa fiebre iconoclasta e innovadora a veces,
falsamente innovadora las más, de todo cambio de época: a la larga
todo lo que merece la pena, vuelve a su ser, a sus orígenes y a sus
cauces. Esperemos que cuando a estos recién llegados a la cultura,
estos nuevos bárbaros del gusto y de la moda no les quede más
remedio, el arte también se subleva y la vida sin él es demasiado
simple y en exceso dura por eso mismo, y comprueben que la
inteligencia también vende, también ellos, como aquellos otros, se
romanicen.
Pero mientras llegue ese momento, si llega, y desde la retaguardia o
desde el más alejado de los exilios, seguiremos diciendo que no nos
gusta.


Carmen Resino


En : la fiera literaria. Febrero 2007,págs 21,22

Estoy empezando a salirme de los teatros y la cosa me preocupa como
el síntoma de cualquier enfermedad: ¿me estoy volviendo intolerante,
apática, estúpida, o simplemente estoy gagá? Quizá. Que conste que
estoy dispuesta a arrojar sobre mí toda la culpabilidad. Pero lo cierto es
que me estoy saliendo frecuentemente; cada vez más frecuentemente,
mientras todos los demás de la sala quedan quietecitos, obedientes y
sumisos, bien porque aquello les guste, ¡faltaría más!, o porque nos
hemos convertido en unos espectadores muy comedidos, respetuosos,
excesivamente tímidos o simplemente aborregados. El que puedan
decir o sospechar de nosotros que no entendemos porque somos unos
pardillos y nos falta iniciación o curiosidad intelectual, nos aterra. Hay
que aguantar, quedarse hasta el final, aunque mentalmente contemos
los minutos y hasta los segundos por vernos libres. Lo que digan o
piensen de nosotros nos preocupa tanto, y sobre todo nos resulta tan
humillante que nos puedan considerar poco preparados, que
aguantamos carros y carretas. El pateo, no existe¡ por favor! Los
abucheos, menos, y el salirse en mitad de una representación, una falta
de consideración y de respeto. Aguantamos, los que aguantan,
estoicamente venciendo el sueño, el hastío o la repugnancia, y después,
cuando todos ha terminado, sonreímos indulgentes como si tuviéramos
que perdonar la falta de unos niños impertinentes a quienes, no
obstante queremos, y hasta llegamos a aplaudir con cierto entusiasmo.
Y la cosa, sigue.
Pero yo, ¡ terrible síntoma! Opto por marcharme y estoy empezando
seriamente a considerar no asistir a según qué espectáculos.
Sí; sé que me estoy volviendo intolerante, cicatera, posiblemente
añeja, maleducada y casi subversiva, porque actúo ya sin esa
corrección que hoy día se exige a cualquier espectador que se precie.
Pero es que, lo siento, estoy harta, aunque sé que no debería estarlo,
pues da la casualidad que gran parte de lo que me indigna y me
incomoda, es fruto de la genialidad de la que yo, tristemente, carezco.
Lo que me pasa pura y llanamente es que estoy resentida por no poder
hacer esas funciones tan talentudas y originales. Sí, tengo que
reconocerlo, pero… no puedo evitarlo.
Pero insisto, estoy harta de que tanto mis sentidos como mi pobre
intelecto, se sientan agredidos e insultados; y porque yo no voy al
teatro para ninguna de estas cosas:
– Para escuchar un texto incoherente, mal enhebrado, mal dicho, sin un
mínimo interés, y ante el que me siento como si asistiera a una reunión
infantilizada, de coleguis de Instituto, aunque el autor esté muy
acreditado.
– Para ver, por ejemplo, como se destrozan los versos del pobre
Shakespeare dichos en sujetador y bragas( ellas) y en calzoncillos
(ellos) y al parecer, no muy limpios.
– Para sentir náuseas viendo vomitar en escena así, porque sí, y como
si se tratara de un placer intenso y por sí mismo.
– Para sufrir una sarta de agresiones verbales.
– Para quedarme sorda a golpe de mortificadores decibelios o que se
me ponga al borde de la histeria con ruidos insistentes y
exasperantes.
– Para que se me tenga que sacar, medio gaseada(¡ a saber qué
demonios echaron!) de un simulado oficio de tinieblas.
– Ni para sentir asco. ( Físico, me refiero) El otro, el existencial, lo
justifico, comprendo e incluso comparto.
– Ni para sentirme cegada porque me han arrojado
inmisericordemente a la cara, todos los focos, o por el contrario,
para quedarme completamente a oscuras, sin poder saber siquiera
dónde estoy.
– Ni para asistir a happenings agresivos o molestos.
– Ni para que se me tome el pelo.
– Mucho menos, para sentirme utilizada como un pobre ratón de
laboratorio.
No. Para eso no.
El teatro es y debe ser un placer intelectual al que puede accederse por
diferentes caminos: la inteligencia, cuando la hay, es amplia y variada.
Todo, menos un castigo.
¿ O sí?
Quizá en este mundo sin pecadores y sin pecados lo merezcamos como
niños malos, despistados y obtusos.
¿Quién a estas alturas no es culpable?
Carmen Resino

Estreno 22 de febrero del 2007. Teatro María Guerrero


En cuanto vi los extraños desmontes en que se había convertido el
asilo- manicomio de Charenton, me temí lo peor; y cuando vi a un
Marat en chandall metido en una bañera que más parecía barca varada
en playa perdida, me convencí: aquello iba a ser un bodrio, un triste
remedo del texto de Weiss y de ese otro que pudimos contemplar hace
unos años.
¡Y empezó el seudo musical, más identificable con una pandilla de
desubicados que a veces parecían beodos, que los pobres internos de
un hospital: entre el descontrol del loco o del desesperado y la
desinhibición del ebrio, hay un trecho. Nada del texto original
quedaba claro, y no sólo por el evidente error de situar a los
personajes en el 2007, incluyendo la obsoleta máquina de escribir de
Marat, convirtiéndole en un personaje sin tiempo, es decir, ni sujeto
del siglo XVIII ni del XXI, porque nadie, o casi nadie, que yo sepa es
cribe a estas alturas en una Olivetti de los años sesenta. Es peligroso
desarraigar, desubicar un texto, desenganchándole de su hilo
conductor por ese empeño de la actualización y del toque de la
modernidad: no suele ser, aunque parezca lo contrario, el más eficaz
camino para mostrarnos lo que queremos ver: la cercanía, la falsa
proximidad y el falseamiento de las circunstancias, nos quitan
claridad, perspectiva y precisión: lo que es creíble en un momento, se
hace irrisorio en otra circunstancia. En este nuevo Marat –Sade, todo
daba la impresión de que el director había “ soltado” a los actores
sobre el escenario y que basándose en el estado de locura de los
internos a quienes representan, los había dejado hacer a su modo y
manera entre aquel antiestético y nada referente desmonte de
amontonados trapos. Todo incitaba a la confusión: Marat, sobre la
obsoleta máquina de escribir, como un obseso; Sade el viejo
aristócrata, con un desaliño demasiado actual y moviéndose
innecesariamente de un lado para otro de manera ondulante, sin que se
le entendiera gran parte del discurso, Carlota Corday, la mejor del
conjunto sin duda, desperdiciada; los demás, gritando, la revolución,
oculta, los parlamentos, perdidos. Sí, porque el texto era gritado (hasta
con micrófonos), no dicho, perdiéndose entre el griterío la dualidad de
los postulados de los dos protagonistas. Todos los planteamientos que
suscita la obra, diluidos, minimizados, hechos polvo entre aquellos
simulados cascotes. Ni Sade parecía dirigir la función sobre la muerte
de Marat ni Marat con aquel atuendo penoso, inducirla. Nadie se
enteraba de nada: sólo se trasmitía desorden en un remedo entre
musical más propio de fiesta de fin de curso de un instituto, que del
María Guerrero. Ni siquiera faltó la ensordecedora traca final, muy
acorde con el amor a los decibelios de los jóvenes. Sin embargo, entre
aquel mare magnum, nadie, posiblemente, se enteró de que lo que late
en el texto de Weiss es una reflexión sobre el hecho revolucionario, y
como vehículo, el año 93, punto álgido de la Revolución Francesa;
nadie, posiblemente, excepto los que ya estabamos en el secreto,
¡ójalá lo estuvieran todos!, de quien era Marat y de que en la
asamblea que decidió la suerte de Luis XVI, éste votó su muerte,
mientras que Sade, aunque vinculado a la Revolución y después
rechazado por ésta( siempre, siempre fue Sade un rechazado, tanto del
Antiguo Régimen como del Nuevo: los librepensadores no encajan
en ningún sistema),era partidario de salvar la vida del monarca; nadie
se enteró, tampoco, de que murió en el encierro de Charenton, donde
se dedicaba, junto con locos y marginados como él, a representar
obras teatrales que algunos exquisitos de París iban a contemplar
como gesto de dandismo, y que Marat, radical jacobino, murió en su
bañera, desde donde escribía, asesinado por Carlota Corday,
girondina, hecho que ésta pagó con su muerte en la guillotina; mucho
menos, del duelo entre Marat, creyente en la lucha revolucionaria,
aunque para ello tuviera que saltar por encima de la ley y de miles de
cadáveres, y el escepticismo individualista de Sade, que a la larga sólo
creía en sí mismo. Nada estaba claro ni presente de todo esto en
aquellas tres interminables horas que duró el espectáculo, y cuando
una cosa se hace mortalmente aburrida, y el aburrimiento se cumplió
con creces, casi parecía una prioridad, cualquier objetivo resulta
ineficaz.
La obra se estrenó en Madrid en el 68. ¡Qué diferencia aquel
montaje de éste, siendo como era, la de entonces y la de ahora la
misma versión de Alfonso Sastre! José María Prada y Marsillach,
quién también la dirigía, representaban a Marat y a Sade
respectivamente. ¡Todo un lujo! En esta ocasión a dirección y a
intérpretes, el asunto y el marco, les van un poco grandes.
¡ Por cierto! Francisco Nieva está publicando en La Razón unos
artículos sobre los dramaturgos españoles, incidiendo sobre lo que yo
vengo insistiendo: el desprestigio del autor. La coincidencia no puede
ser más que el fruto de la triste coyuntura en la que nos movemos.


Carmen Resino. La fiera literaria. Marzo,2007